Guillermo del Toro resucita a Frankenstein en Netflix: una criatura ‘moderna’ inspirada en los titanes de Silicon Valley que expone los monstruos de nuestra era digital

El nuevo Frankenstein de Guillermo del Toro no solo da miedo. También lanza una advertencia sobre los peligros de jugar a ser dios en la era digital.
Jacob Elordi en el papel de FrankensteinJacob Elordi en el papel de Frankenstein
Jacob Elordi en el papel de Frankenstein. Foto: Netflix

La criatura más famosa de la literatura gótica ha vuelto a la vida, pero esta vez con una nueva y poderosa dimensión: la de la crítica social. Guillermo del Toro, uno de los cineastas más visionarios de nuestro tiempo, ha reinterpretado el clásico de Mary Shelley como una metáfora afilada del presente. Su nueva adaptación de Frankenstein, producida por Netflix, no es solo una obra de terror visualmente deslumbrante: es también un espejo que refleja las sombras más inquietantes de la era tecnológica.

En esta versión, el doctor Victor Frankenstein no es un científico loco de la vieja escuela encerrado entre tubos de ensayo y relámpagos, sino un genio moderno impulsado por el mismo impulso que mueve a los grandes nombres del mundo digital: la obsesión por crear algo que cambie el mundo, sin importar las consecuencias. Su ansia por romper los límites de la ciencia y desafiar a la muerte resuena hoy con las promesas (y peligros) de la inteligencia artificial, los coches autónomos o las redes sociales que alteran el tejido social.

La película arranca con fuerza: una escena en el Ártico, donde un navío se topa con un hombre desesperado que huye de una criatura imposible. Desde ahí, el relato salta entre momentos de horror visceral y pasajes melancólicos, trazando un retrato dual: el del científico que se cree un dios moderno, y el del monstruo que nace sin haberlo pedido, condenado a la soledad y al rechazo.

El casting es brillante. Oscar Isaac encarna a un Frankenstein tan carismático como peligroso, con la intensidad de alguien que ha vivido entre el dolor familiar y la ambición desmedida. Jacob Elordi, por su parte, da vida a la criatura con una mezcla de inocencia y brutalidad que estremece. Mia Goth completa el trío con un papel ambivalente: su personaje se debate entre el amor y el rechazo, entre la humanidad que aún ve en el monstruo y el miedo que este despierta.

Pero más allá de las interpretaciones, lo que distingue esta adaptación es su mensaje. Del Toro no disimula su intención de conectar los temas del siglo XIX con los dilemas del XXI. Frankenstein no es solo un símbolo del científico arrogante: es también una figura que recuerda a los grandes creadores tecnológicos de hoy, muchos de los cuales lanzan productos sin prever sus efectos colaterales. ¿Qué responsabilidad tienen quienes crean algo que puede cambiar el curso de la historia humana?

La criatura, con su mirada triste y su fuerza descomunal, es el resultado de un experimento irresponsable. No tiene nombre, ni historia, ni lugar en el mundo. Y sin embargo, es quizás el único personaje verdaderamente humano del filme. Es él quien sufre, quien busca amor, quien intenta comprender su existencia en un mundo que lo rechaza por su aspecto. Es él quien se convierte en víctima de un creador que nunca quiso asumir las consecuencias de su acto.

La estética de la película es otro de sus grandes logros. Cada escena está compuesta como un cuadro: luces intensas, decorados opulentos, colores saturados que refuerzan el tono gótico y onírico del relato. Del Toro mezcla con maestría el horror clásico con el drama psicológico, sin olvidar el simbolismo que siempre ha caracterizado su cine.

No es la primera vez que el director mexicano se aproxima al universo de Shelley. Elementos de Frankenstein pueden rastrearse en buena parte de su filmografía: desde Cronos y El espinazo del diablo, hasta La forma del agua. Pero aquí, por primera vez, se lanza directamente a reescribir el mito, y lo hace desde la madurez creativa de quien ha estado soñando con esta historia toda su vida.

Frankenstein no es solo un film de terror. Es una obra que interroga nuestro presente, que lanza una advertencia sobre los peligros de la innovación sin ética, y que nos recuerda que, detrás de cada gran avance, debería haber también una gran responsabilidad. Y si no la hay, el precio puede ser monstruoso.